NARRATIVAS PEDAG.

ALGUNAS NARRATIVAS PEDAGÓGICAS ESCRITAS POR LOS DOCENTES DE FRIAS Y TAMBIEN POR LOS ALUMNOS DEL PROFESORADO.


Una de ellas fue seleccionada y editada en un texto de Nación en el que agruparon narrativas de docentes de todo el país- Su Autora Lidia Maldonado de Harón (Chuchú):
MARCAS Y HUELLAS DE LA ESCUELA EN LA SUBJETIVIDAD. ”El arbol del patio de mi casa habia crecido demasiado”
El árbol del patio de la casa había crecido demasiado. Sus ramas necesitaban un corte porque impedían el crecimiento de las pequeñas plantas que a sus pies crecían.
Una mañana, al salir de compras, observé a un muchacho realizar ese trabajo en la vereda de un domicilio particular. Me acerqué y le pregunté si podía podar mi árbol. Rápidamente convinimos el día y la hora.
El sábado, llegó Marcelo - así llamaré a este personaje- quien comenzó con los preparativos de las herramientas y se puso manos a la obra.
Mientras realizaba su tarea, y yo contemplaba cómo las ramas y las hojas caían por el suelo, me preguntó por mi hijos. Mientras le respondía, la curiosidad pudo más y mi actitud cambió ante el rumbo que había tomado la conversación. Abrí mi escucha y en silencio el joven relató la siguiente historia:
“De chico era lustrabotas, siempre andaba con mi cajón por el barrio, me daba tiempo para jugar a la pelota con los chicos de por acá: con Juan (su hijo), Gabriel (su sobrino), Pololo, Jorge, Nano, Ariel, Aníbal, Fabián, una barra grande.
Al terminar la primaria mis padres decidieron que continuara estudiando en la Escuela Técnica. Allí concurrí dos años, cursé 1ª y 2ª año. Junto a unos compañeros, tomamos la decisión, a partir de 3er. Año, de continuar estudiando en otra escuela.
Siempre sentimos en esta nueva institución que “éramos los de la técnica”, así nos nombraban, nos reconocían y nos trataban. A menudo, los profesores se referían a nosotros como “cuando no, ustedes, los de la escuela técnica”. Siempre sentí que éramos “menos”. Durante ese año coseché cinco amonestaciones porque mis compañeros eran muy molestos, y como venía de otra escuela, rápidamente ligué la sanción.
Una tarde, teníamos clase de recuperación de matemática. Durante el recreo fui al baño, pero al regresar encontré los bancos y mesas del aula dados vuelta. Por atrás llegó el profesor, entró al aula y rápidamente responsabilizó a un grupo de alumnos entre los que me encontraba. Traté de explicarle que no había estado en el aula durante el recreo. Sin embargo, pese a mis explicaciones, no fui escuchado.
Una vez más iba a recibir una sanción. Me encontraba tan preocupado que mis compañeros me alentaron para que fuera a hablar nuevamente con el profesor. Tomé coraje y fui a buscarlo al curso donde dictaba clase. Pedí permiso y delante de la clase traté de explicar que yo no era el responsable de lo que había sucedido, le rogué que reconsiderara la sanción. Se enojó y se refirió a mi persona en los siguientes términos: “¿qué te crees, que porque vienes de la escuela técnica te vas a venir a hacer el picarito?”. Opté por hacerle la siguiente propuesta: “profesor póngame a mí la amonestaciones y las que le corresponden a mi compañero, caso contrario cumplirá las 25 y quedaría fuera de la escuela”. A los gritos me pidió que no le faltara el respeto, -“encima que vienes del barrio el Triángulo”- dijo. Y que cómo osaba hacerle semejante propuesta y dirigirme de esa manera a su persona.
Al día siguiente (martes), la preceptora me comunicó que debía presentarme en la Dirección. Hacia ahí fui y recibí la comunicación de que el profesor había solicitado 25 amonestaciones por agresión a su persona. En consecuencia, quedaba fuera de la escuela. Traté de explicar al Director los hechos, me escuchó en silencio.
En mi casa no sabían nada con respecto a la situación. Temía al enojo y a la paliza que recibiría de mi madre. Lloraba en silencio porque sentía que se había cometido una injusticia.
Al día siguiente, citaron a mis padres. Estuve presente en la reunión, reiteré mis explicaciones y solicité que se confrontaran mis dichos con los de mis compañeros.
Ese mismo día, me llamó el Director y me dijo que podía volver a la escuela el día lunes. Si bien, se había reparado la injusticia, lloraba a escondidas de mis padres por la bronca que tenía. El día viernes, súbitamente, murió el Director de la escuela. El lunes volví pero tenía que hablar con la Vicedirectora a cargo de la Dirección. Me presente, traté de explicar y sólo recibí de esa mujer, gritos. Me dijo: “Ud. está expulsado de la escuela”.
Perdí el año, porque esto ocurrió en julio. Al año siguiente, volví a la escuela técnica, terminé la secundaria, pero aún adeudo tres materias. He pensado en ver cómo puedo hacer para ingresar al profesorado, quiero seguir estudiando.
Ud. se imaginará, tengo 29 años, estoy casado, con dos hijos. Vivo del trabajo de albañilería, y toda changa que se presente. Hace poco que recibo 150$ del plan trabajar, gracias a Nano que al saber de mi situación me dio una mano para conseguir el beneficio. ¡Ojalá pudiera seguir estudiando!”


Apelé a la memoria de docentes que fueron sus profesores, quienes confirmaron el relato de Marcelo.

El protagonista de este relato porque no odia, no acusa, más bien cuenta su historia con tristeza, dolor, nostalgia., reconoce la actitud de alguien que lo escuchó, pero que el destino quiso que se fuera de este mundo antes de que Marcelo hubiera sido reincorporado a la escuela , sin olvidar a dos personas que decidieron ese año por él.

¿Cómo reparar el sufrimiento de los Marcelos que transitan por la vida y las instituciones educativas?, ¿Cómo calmar los dolores del alma que producen estos hechos?, ¿Por qué se legitima el discurso de dejar sin voz, sin la palabra al alumno que pertenece “al resto” ( Jacques Rancière), al que está “en el borde”?, ¿ Con qué derecho y desde qué criterio de autoridad se suspende el reparto del tesoro común, a partir de un supuesto, una profecía y un rótulo construido (sos de...., perteneces a...) para separar y obturar la posibilidad del lazo que une, que ata, que hace posible la alteridad?, ¿ Cómo borrar o suavizar la marca , la huella de la injusticia en la interioridad del protagonista de la historia ?, ¿Cómo conjugar la escuela, el derecho a la educación declarado por la Constitución, con la injusticia y la exclusión?, ¿Cómo devolver confianza?, ¿Es posible resistir estas forma hostiles en la institución que educa?

Lo paradójico es que para los ojos del hombre común, estas cosas ocurren, acontecen, se aceptan, se naturalizan. Pareciera tener un componente de inevitabilidad, contra lo que nada se puede hacer, porque el curso de los acontecimientos continuará.

Esta situación es la prueba de la eficacia y eficiencia de ciertas políticas e ideologías, en las que el espacio no es para todos, que se produce a pesar de la voluntad de construir en “el resto”, para dejarles “un resto”.

Es la mejor prueba de la emergencia teórica en la cual nos encontramos. ¿Cómo sostener la teoría en el estado que vivimos, en la barbarie, incivilizaciòn, en la horda? Se trata de un momento muy complicado, de mucho de dolor y callado sufrimiento que puede ser transformado en una oportunidad para un camino, una salida, para reencontrar el rumbo que alguna vez perdimos.

De ahí, la necesidad de teorizar, repensar lo viejo y lo nuevo, de revisar viejas categorías construidas que pueden ser la punta de lanza de una nueva construcción, bucear en las palabras, ceder el paso a nuevas voces, abrir la escucha, aprestar la mirada, meditar.